Sin ficciones: agotamiento. Y sucede que no hubo respuestas a lo acontecido. Dos minutos antes estaba convencido de poder simplemente quedarme en la silla sin hablar y sin rictus ni gestos hostiles. El tiempo me demostró todo lo contrario, se formó en el aire una jaula y las palabras se agitaron un poco. Ya no más piedad ya no más otra cosa sino un profundo cansancio y ni siquiera la remota idea del movimiento pensado y diplomático que precedió a mi irme súbitamente, suscitando rostros anómalos y cierta incomodidad obvia. Pero una vez en la calle, enfrenté el frío con cariño y con lentitud. Con la abstracción mínima y necesaria para saber que en una retirada las interpretaciones carecen de importancia y que el resto del tiempo con sus cosas por venir tampoco son relevantes.
La calle me mostró recovecos que, repetidos, no eran los de siempre. Interpreté esto también como algo por venir y también me dejé llevar por la especie de camino que formó el seguir adelante, abstraído y dudoso, pasando sobre esquinas que con recuerdos y todo, me dejaron continuar. Esto es: el viaje de regreso a mi casa. Y algo se reiteró, sin embargo. Previsible y ajeno, el pensar en consecuencias claras y en la misma repetición, porque todo, anteriormente, había ya vuelto a suceder y yo conocí perfectamente las circunstancias y los signos que anteceden a ese volver. Por eso no me pregunté. Por nada me pregunté. Solamente volví por las esquinas y dejé ocurrir los varios puntos conocidos hasta el hartazgo que preceden a la ancha procesión de momentos coincidentes, probatorios, verosímiles que siempre estuvieron ahí dispuestos a tenderme la trampa que antes yo llamaba de la fe y que ahora llamo risueñamente de la calle, por la simple razon de que su única verdad es la calle y todo lo demás no sólo no es verdad sino que me impide estar ahí o en cualquier otra parte.
Por eso, y relatando, diré que momentos así hubo muchos, repetidos, calcados y de los cuales hasta el arrepentimiento es calcado. Este es uno más y aunque no lo creo, habrá más, porque anteriormente yo tampoco había creido eso y sin embargo se repiten sin cansancio ni pasión.
Ahora, y ya situado ante las ocurrencias de mis deseos de hablar, ignoro partes vitales y releo y dicto los detalles de mis movimientos. Así confundo de manera bastante exhaustiva mi atravesar este día (y los anteriores), que permiten todo con dulzura y yo sin pasión y sin apatía abrazo comprensiblemente.
Dulzura es lo que se requería para rechazar suavemente el fluir denso de la mirada y apartarse lentamente, hacia la calle otra vez, esquivando delicadamente el roce de los olores y transportándose sutilmente entre voces amigas y lejanas. Yo la tuve, durante un breve trayecto, antes del viento frío, cuando aún el rostro no se ha habituado a la calle y piensa alegremente que no ha transcurrido tiempo entre el aire amable del adentro y la brisa fresca que ahora lo acaricia y le quita suavemente la tibieza, se la lleva y la eleva hacia el cielo hasta perderla sin nostalgias y para siempre.
Y luego se transformó en pocos instantes en la rusticidad del abstraerse y pasar por las esquinas sin ver las huellas que la memoria puso como ofrendas a los pies de las imágenes amadas y de las horas ya olvidadas. Así por la simple razón de proseguir, como ahora, sin el remordimiento deseado y sin más voluntad que la precisa, que la exacta que produce vivir sin asfixias las horas de intensa lentitud y las luchas cadenciosas del pensamiento y los recuerdos, fijando la mirada o haciendo leves esfuerzos para dejarla estar durante todo el tiempo que ocurra, dejarla fijarse o adoptar un aire distraído o indiferente, pensando a su vez en la carencia de propósitos y encontrando súbitamente una alegría extraña, como venida de una música oída al azar propulsándose por la calle y bajando del aire. De ocurrencias tales está compuesta la suma de este vagar sin nombre que ocupa sin asombro los recovecos y las esquinas de lo que yo camino.
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