jueves, 20 de septiembre de 2007

Juicios

Porque no me atrevo a leerte, esquivo deliberadamente tus cosas, tus papeles, tus palabras como si fuesen papeles legales, papeles con verdades, papeles judiciales, juicios, condenas inapelables.
Como si no supiese yo mejor que nadie, mejor que vos incluso, que lo no hay nada de qué quejarse y ninguno puede esquivar esa verdadera verdad, ni queriendo ni no queriendo.
Ni siquiera deseándolo tan bestialmente como deseo yo ahora que todo se volviese falso, tus veredictos, tus sentencias, tu abandono, tu despedida, tu triste mirar a traves del vidrio y tu lento decir adiós.
Porque no me atrevo a leerte intento no imaginarme que has escrito para mí un mensaje lleno de adioses verdaderos y definitivos, terminantes, categóricos como palabras que suelo yo usar y que alguna vez nos alegramos de usar juntos. En eso, y a duras penas, podemos estar meramente juntos, en la mezcla de palabras vanas y recuerdos que acontecen inesperadamente. Sobre todo en las esquinas y en los cafés donde nos observó el silencio éste que ahora ríe y pernocta en mis sueños, corriéndolos a todos a un costado, dejando sólo la calle vacía y los ojos pendientes de una aparición inminente, larga, densa, definitivamente imposible.
Me he atrevido a leerte. En un momento de desesperación, por justificarlo de algún modo. Quise saber de tus veredictos categóricos.
No sé ahora si tus veredictos son tan categóricos como yo los imaginaba. Lo que sí temo, a partir de esta comparación que he hecho, es que mis veredictos sí hayan sido categóricos y de verdad.
Me parece que me da miedo no verte nunca más. Me parece que no quiero verte nunca más. Sé que voy a querer no verte nunca más
Y no te voy a ver nunca más. Lamento esta nostalgia anticipada que implica arrancarme cosas que ya estaban arrancadas por tus veredictos ficticios que desafortunadamente invocaron en mí veredictos verdaderos y, sobre todo, categóricos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario