lunes, 1 de noviembre de 2010

La Navegante

En su inocencia desplaza los dos costados del mar y vive, más acá y más allá del instante, obviedades que dice, obviedades que calla, pero presiente, observa y respira. La más grande y pequeña piedra, en la orilla de un río turbio, en silencio pero presente, destina siglos por una línea lejana y dice lo que no puede saberse.
Navegante, yo, perdido y sin saber, observé, memoricé y olvidé tus silencios, permanezco en la insidiosa siesta del verano por venir, deshojando árboles, sepultando arañas, cuidando nidos rotos. Una espera me obliga a subsistir. Navegante, vos me dirías, o me hubieras dicho en ese pasado brillante, cuando yo no sabía qué hacer con mis manos, que partiera, que cruzara un océano por dentro, que no desistiera. Navegante, yo comprendo que un destino no es un destino, no es así como las horas corren, no es así como los relojes imponen sus violencias.
Si no fuera por el correr de mi propia sangre, no podría yo, Navegante, decirte más que esto, o aquello, o todo lo que mi voz no puede no callar, que no puede no decir, que transita en el desvalijar una memoria tierna, deshecha, un instante que regresa, un recuerdo que permanece oculto tras las sábanas y que los olores deshilachan en la punta de los dedos.
Navegante: no quiero nombrarte, pero tu nombre asusta en la penumbra de este cuarto, tu órbita, tan alejada de mí ahora, me rehace en cosas que hasta la última hora invoca sin remedio.
Navegante: si el destino te pusiera cerca, en lo lejos que yo me he puesto, si el tiempo te rehiciera, en lo deshecho que yo he dejado, si cumpliera sus horas el regreso, si todo fuera para uno que yo no soy, si yo no hubiera sido el que nunca fuí, si comprender no tuviera a veces filos escondidos.
Navegante: en esta hora todo es silencio, salvo esa lechuza que solía alegrarnos, salvo este ruido de las calles que no es más mío, salvo mis manos que no pueden sino llamarte en vano.

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