Suelta por la madrugada te extendés perdida en giros: era tu esencia la que yo quería después de estos años de desoír pacientemente. Suelta por los espacios de mi mirada sos la pequeña desesperada que aprieta el lápiz contra la hoja en negro. Asisto yo, maestro de la nada y despierto sin ganas a tu amanecer de brillos en el cielo, de giros y despieces lentos. Asisto yo, simple, avieso, tendido a tu deseo, desplazado a las afueras de todo, a tu centellear, a tu sin nombre desear. Y todo claro así, comprendo la magnitud de tu espacio que, durante años de desoír pacientemente, no pude alcanzar.
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